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Historia


Cierre un momento los ojos y remonte el tiempo que aquí se ha detenido, sienta el pálpito de la vida en sus muros, el enjambre de historias remansadas en sus arcos toscanos y de “castañuelas”, de las almas idas, de los latidos que dieron vida a sus ladrillos, de los deseos y angustias y dolores y esperanzas que cobijan sus patios y sus tejas,  que son las mismas, de la poesía de su nombre de plata. ¡¡Está  en un lugar cargado de historia!!.

Se encuentra usted en un lugar histórico de la ciudad de Sevilla. Mire alrededor y descubrirá un espacio que desde hace casi cuatro siglos ha tenido la misma función ininterrumpidamente. Es un huésped del Siglo XXI, pero han sido cientos los que han querido descansar en este lugar desde finales del Siglo XVI. Así que, dispóngase a disfrutar de su hospitalidad, tanto si son viajeros llegados de tierras lejanas, como ciudadanos de Sevilla que quieren relajarse un momento antes de seguir con sus quehaceres.

Era Sevilla entonces una ciudad llena de vida, sus calles eran arterias por donde fluían cientos de viajeros venidos de todos los lugares del mundo al olor de los negocios que surgían por doquier debido al gran descubrimiento de las nuevas tierras. El Río Grande que siempre había bendecido esta llanura ubérrima y la había rodeado como una cinta de plata, como el colllar de una paloma que dijo el poeta árabe, ahora venía cargado de oro de allende los mares y eran miles los hombres que acudían a sus orillas a ver que parte de él podía acabar en sus bolsillos.

Mercaderes, cambistas, marineros, esclavos, criados, artesanos, menestrales, clérigos, que partían a evangelizar, artistas que venían a adornar los cientos de conventos y monasterios que se fundaban o renovaban convirtiéndose en casas madre de los recién fundados al otro lado del Atlántico, pícaros, pillos, ladrones, se daban cita en la ciudad azul y blanca de cal y cielo. Que se había convertido en puerto y puerta de las Indias, esto es, en centro y cetro del mundo.

En esta ciudad, pura algarabía, mezcolanza infinita de contrarios, luces y sombras, riqueza y miseria, nobleza y picaresca, santidad y latrocinio, oro y cobre, dolor y goce, estoy yo, la famosa Posada en la que hoy, tras largos años, siglos, pones tus pies y cruzas el umbral.

Entre estas columnas toscas y gastadas, podrás escuchar el eco de sus voces pasadas, de arrieros y cosarios, de viajantes e indianos, de monjes y amas, de celestinas, y ladrones y escuderos y criados, y amos,  y personajes famosos y artistas renombrados, y ricos hombre e hidalgos y tahúres y santos.

Si toca esta piedra fría de los fustes del patio, podrás sentir la calidez del beso que tantas veces se han dado parejas de enamorados furtivamente bajo sus arcos a la luz de la madrugada, cuando sólo el candil velaba y solo el amor andaba despierto y tembloroso com la llama de aquel, y sentirá la cálida sangre derramada, con la que me salpicaron en las reyertas de borrachos, de noches de cante y juerga y celos y locura aguardientos, de brillo de facas rabiosas a la luz de los rayos hirientes de la luna.

Las bestias, mulas, cabalgaduras, bueyes, asnos, caballos y junmentos, por el gran portalón cruzaban, sus cascos sobre los adoquines resonantes, y fatigados, como sus amos,  se recostaban en las cuadras polvorientas de heno y cebada, cansados de los caminos de tierra y el sol en los trigales que llegaban por la vega desde Córdoba, Carmona, Ecija o Alcalá del Río.....,  los olivares y cortijos los iban despidiendo y los caños de agua fresca los acompañaban hasta la muralla de la ciudad sus últimas leguas, en lontananza como una flecha clavada en la llanura la torre esbelta los saludaba y el aire les traía las campanas del ángelus o la hora de maitines o de vísperas, y el corazón del viajero se llenaba del gozo de saberse cercano a la ciudad fantástica de la luz y el mirto y el naranjo y el palmeral soñado a la ribera del Guadalquivir sonoro.

Hasta aquí ha llegado, viajero, como ellos, a descansar entre las paredes de tapial y yeso que me conforman, a vivir una aventura en la ciudad deseada, en la ciudad hermosa hecha de mármol romano y lacería delicada de arcilla islámica, de patios renacentistas, de palacios barrocos, de ojivas pétreas de catedrales y capillas mudéjares, de ladrillo rosa como piel de doncella, de fuentes melancólicas entre arrayanes y cipreses, de conventos olvidados, de pasadas grandezas, de bronces y campanas que sonaban de júbilo con la entrada de reyes y emperadores; de patinillos y corrales de geráneos y yerbabuena, de poetas y músicos y pintores y artistas.

¡¡¡Bienvenido a Sevilla!!!. ¡¡¡Bienvenido a la Posada del Lucero!!!.